Editorial Sacapuntas N° 8

Figúrese que es usted un maestro de escuela. Para mañana, debe elegir su mejor clase: un equipo enviado por el gobierno la filmará. Luego, ese equipo hará un promedio entre los resultados que ha obtenido en algunos exámenes, las referencias que terceros han dado sobre su desempeño, y el juicio que algunos expertos en educación han hecho sobre su clase grabada. De ser usted visto con buenos ojos, es posible que aumente una porción de su salario denominada Asignación Variable por Desempeño Individual. O quizás todo salga mal, y deba usted participar en los Planes de Superación Profesional del gobierno para convertirse en un maestro aceptable.

Haga otro intento. Figúrese ahora que es usted madre de un joven adolescente. Ahora, visualice el siguiente trozo de papel. En su encabezado, las categorías escuelapuntaje. Debajo, los nombres de los establecimientos escolares de la zona dispuestos en una especie de ranking, o mejor dicho, en un verdadero ranking que los ordena de acuerdo a los resultados obtenidos por los estudiantes en una evaluación que determina sus posibilidades de entrar a la universidad. Usted desea fervientemente, y como toda madre, la mejor educación para su hijo. Sin embargo, ve en ese ranking una tercera columna: todos los establecimientos que lideran la lista llevan la condición de particular pagado. Por más que busca y sigue buscando los establecimientos municipalizados, observa que son ínfimos, y están por debajo de todo en el Ranking de Colegios según Prueba PSU.

¿Este panorama le parece, acaso, imposible? ¿De un nivel orwelliano de ficción? Deje de imaginar. Lo que aquí narramos no se trata de cine ni de ciencia ficción: todo sucede atravesando la cordillera, en el país vecino de Chile. Allí, un modelo de educación de mercado pone la responsabilidad de la calidad de cada escuela en los hombros en los docentes  y la responsabilidad acerca del destino educativo de los hijos en el bolsillo de los padres. Un modelo en el que la palabra competencia parece ser uno de los engranajes, sin importar las condiciones de partida. Un modelo defendido a capa y espada por el propio presidente Piñera, quien deja que el negocio lo hagan los privados mientras con profundo cinismo se refiere al abandono del Estado de la responsabilidad por la educación con el eufemismo de sociedad docente.

¿Todo esto le parece, aún, lejano? El jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, acompañado de su siempre listo y sonriente ministro de educación, ya visitó Chile y otros países con este tipo de sistemas con el fin de copiar modelos. Hace algunos pocos meses, el ministro porteño Bullrich anunció la llegada de la evaluación docente a la ciudad, explicando que influiría no sólo en una supuesta mejora de la educación sino también en el salario de los maestros. Un tiempo después, matizó sus palabras, y convirtió la evaluación en una prueba piloto de la que, sin embargo, las intenciones ya se vislumbran. Lo que hoy es para el que quiera, mañana puede volverse obligación.

El destino de las políticas educativas del gobierno porteño ya parece estar bien trazado, lo que aún está en permanente definición son los caminos. Sin embargo, y aunque pareciera que de educación algo saben los maestros, ni a usted ni a nosotros nos han consultado. Las primeras acciones ya están en curso. El puesto de maestro de maestros ha venido a tentarnos ofreciendo mejores salarios a costa de un grosero riesgo: quebrar el estatuto del docente.

Aquí, entonces, una brevísima porción de nuestros pensamientos. Claro que queremos cambios, señores funcionarios. Queremos una escuela mejor, donde quepan todos los chicos, y no sólo los que se resignan a techos en ruinas y almuerzos infrahumanos. Queremos también una evaluación mejor, hecha por los que están en las escuelas y las conocen mejor que nadie, pero no una que culpabilice al maestro por las condiciones en las que trabaja ni por la miseria en la que viven algunos de nuestros alumnos. Queremos más y mejor formación, pero para todos y en horario de trabajo, no para el que resiste seguir cursando después de las 8 horas de la jornada laboral, ni para el que la puede pagar. En fin: una escuela para todos los niños, para todos los jóvenes, para todos los maestros, donde el engranaje no sea la competencia, sino la solidaridad.

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